11 de julio (día 16 de viaje, parte II) CABO NORTE

 

MAF00363(1)Al filo de la media noche nos encaminamos a Cabo Norte, a unos 12 km. La ruta es corta pero difícil, pues como soy un tipo con suerte hace un día soleado. Si, si, soleado, a las 12 de la noche. Y claro, el sol esta cerca del horizonte y al norte, justo a donde nos dirigimos. Con el sol en los ojos y los nervios a flor de piel, estamos a punto de llegar a la meta. La adrenalina fluye a chorros.

Tras pasar el control de acceso, o sea, pagar religiosamente, aparcamos la moto, caminamos un poco más hacia el Norte y …. ¡ahí está!. La bola.

MAF00365(1)Esa bola que ha sido parte de nuestro logo, de nuestra vida, de nuestras ilusiones, durante todo un año. Aún está lejos, pero ya hemos llegado. La escena supera nuestro mejores sueños, la bola de Nordkapp y justo detrás, el sol de medianoche. Porque hemos llegado precisamente a las 00 horas y el cielo está despejado. No se puede pedir más.

¡¡¡ LO HEMOS LOGRADO !!!

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Lo hemos logrado. Cuesta contener las lágrimas. Hacia la una de la mañana decidimos irnos a descansar y volver después de dormir algo. A pesar del cielo despejado, hace un viento muy fuerte,  y es frío, diríase que ártico.

11 de julio (día 16 de viaje) – parte I – De Saariselka a Cabo Norte

 

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Al salir de Saariselka vamos recorriendo zonas en las que la naturaleza se muestra con una belleza fascinante. Vemos con cierta frecuencia tanto ciervos como renos. Ningún alce.

Paramos en el Siida, museo que reproduce un poblado Sami en el siglo XIX. La dureza de las condiciones de vida de este pueblo hace aún más destacable su amabilidad y simpatía, y la belleza con la que decoran sus ropas y mobiliario artesano.

 

Seguimos hacia el norte. La vegetación va siendo cada vez más escasa, hasta que la tundra se generaliza. Sobrecoge pensar en las condiciones climáticas que han creado una vegetación así. Por cierto, tundra es una palabra de origen sami.

Ya en Noruega nos encontramos con las primeras obras en la carretera. Aquí no les preocupa dejar una zona de desvío para mantener la circulación, sino que cortan toda la carretera y no te queda otra alternativa que cruzar por en medio de la obra, esté como esté. En muchos casos han levantado todo el asfalto, y nos encontramos con zonas en las que en vez de carretera hay una pista de tierra, de grava, o incluso de barro, con sus correspondientes baches, socavones y zanjas. En un concreto tramo, de más de un kilómetro de pista de barro, las hemos pasado moradas para cruzar con nuestros neumáticos casi lisos.

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Por fin llegamos al Océano Ártico, nuestro primer fiordo. Es ya el último tramo, de casi 100 km, antes de la meta, bordeando el Porsangerfjord. La carretera es estrecha, a veces muy estrecha, y está en bastante mal estado. Durante casi todo el tramo tienes el fiordo por la derecha, y la montaña escarpada por la izquierda. Eso, con un tráiler de 7 ejes viniendo de frente como un misil, es toda una prueba de pilotaje. Pasamos el famoso Nordkapptunnelen, que une el continente con la isla de Magerøya, que en noruego significa isla estéril, y que es donde se encuentra el Cabo Norte. Efectivamente, es un túnel la unión de la isla con el continente, y no un puente. El túnel tiene unos 7 km de longitud, y baja hasta más de 200 metros bajo el nivel del mar. Tanto la bajada como la subida son bastante pronunciados (9%), y el túnel es estrecho, poco iluminado, y muy húmedo. Y hace un frío de mil demonios. Es inolvidable.

Hacia las 10 de la noche, en pleno día, llegamos a Midnattsol (sol de medianoche), en las proximidades de Skarsvåg, que es el alojamiento más cercano a Cabo Norte, a penas a 12 km. Rozamos la meta con las yemas de los dedos, pero estamos muy cansados después de una ruta tan complicada, y decidimos descansar un par de horas. Así llegaremos a Cabo Norte justo a medianoche. Nos alojamos en una típica cabaña, toda de madera, muy pequeña, y solo dispone de una litera, una pequeña mesa y una silla. Es una experiencia irrepetible, que hay que hacer si se viene a Noruega. Además, no hay otro remedio si quieres alojarte a poca distancia del objetivo, pues entre Midnattsol y Cabo Norte ya solo hay tundra.

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Días 14º y 15º: De Tornio a Saariselka, y día de descanso (9 y 10 de julio)

Salimos de Tornio con rumbo norte, cruzando unos paisajes de la Laponia finlandesa tan bonitos o más que los suecos, aunque van cambiando. La latitud se va dejando notar en la vegetación y empezamos a ver bosques boreales, regados por miles de lagos.

En seguida llegamos a Rovaniemi, capital de Laponia, y poco más adelante cruzamos el  Círculo Polar Ártico. A partir de aquí no volveremos a ver la oscuridad de la noche en muchos días. Hasta ahora había algunas horas de crepúsculo, con algo de claridad. De ahora en adelante el sol no volverá a ponerse bajo el horizonte.

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Y justo en el Círculo está la ciudad de Papa Noel. Los lapones han sabido crear un ambiente muy logrado, donde hay una estafeta de correos en la que puedes elegir mandar cartas ahora o que las guarden hasta navidad, donde puedes charlar con Santa en persona, relacionarte con elfos y otros seres, en fin, muy logrado. Por supusto, escribimos y enviamos las correspondientes cartas, y cambiamos impresiones con Papa Noel.

Casualidades de la vida, justo cuando nos preparábamos para seguir ruta nos encontramos con unos amigos del Facebook, a casi 4.500 km de casa, sin haberlo organizado.

Y sigue el buen tiempo. Nos dicen que en casa hay inundaciones, mientras que el termómetro del Círculo Polar marca 27 grados. El mundo al revés.

Seguimos ruta y por fin aparecen los renos, campando a sus anchas por la carretera. Y también los mosquitos. Las viseras de los cascos y la pantalla de la moto van cambiando de color.

La llegada a Saariselka no puede ser más genial: al entrar a la estación tenemos que parar en la primera rotonda a esperar a que una manada de renos cruce tranquilamente la calle. Nos quedamos boquiabiertos. Una manada de renos a menos de un metro.

Saarselka es una estación de esquí gran parte del año, pero en los meses de verano sencillamente es un sitio muy tranquilo donde solo organizan excusiones a pie por el cercano parque natural. Un sitio perfecto para descansar, y nos viene perfecto, pues el cansancio acumulado me impide seguir al día siguiente. Me encuentro muy cansado y con un estado general algo deteriorado. Me temo lo peor, no poder llegar a la meta a tan solo 500 km.

Afortunadamente, la tranquilidad de Saariselka, la pureza impresionante del aire, la naturaleza prácticamente intacta, y unas sopas que hacen los lapones que son para ponerles un piso, componen en una poción mágica y me recupero muy rápidamente. La ilusión y la adrenalina hacen el resto.

Después de esta “parada técnica”, nos preparamos para el asalto final al día siguiente.

Día 13º: De Örnsköldsvik a Tornio

DSC00490Mas carreteras suecas. Nada que no hayamos comentado en otros días. Y otro día espectacular, con un solazo estupendo. Vemos algún ciervo, pero se nos resisten los renos.

El final de la etapa está en la frontera de Suecia y Finlandia. Un lugar curioso. Separados por un modesto río se encuentran dos poblaciones bien diferentes. Del lado sueco, Haparanda, llena de tiendas outlet, con su gente seria, fría, estricta. Del lado finés, Tornio, con su gente lapona, simpática, hospitalaria, divertida. Pasamos varias veces la frontera, pues nuestro hotel está en Tornio, pero hicimos compras de ropa de frío en el lado sueco.

El hotel en Tornio es muy original, lleva le nombre de un pirata, Barbanegra, pero traducido al finés es Mustaparta. Está todo decorado como un barco pirata, es original, acogedor, y se cena de maravilla. Probamos una típica sopa lapona, de esas sopas que con un plato comes para todo el día.

A pesar de todo, dormir resulta ya difícil, pues nos estamos acercando al Círculo Polar y la noche es luminosa, con una luz crepuscular intensa y sin persianas. Habrá que acostumbrarse, pues nos esperan muchos días de noches sin oscuridad.

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Día 12º: de Estocolmo a Örnsköldsvik (7 de julio)

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Salimos de Estocolmo con el mismo buen tiempo del día anterior. Nos espera una jornada agotadora de moto por las carreteras suecas. Se trata de una sucesión interminable de bosque y lagos, todo de increíble belleza, uno detrás de otro, incontables.

Esas carreteras suecas resultan peligrosas para los moteros, pues muchas veces circulas por un único carril con guardarrailes a la derecha y en la mediana, a tu izquierda, esos postes de un metro de alto que soportan tres cables de acero, que en caso de caída serían como tres bisturíes. No obstante, te vas acostumbrando y llegas a no prestarles atención.

Vemos algunos ciervos pastado tranquilamente en los alrededores de la carretera, sin que le produzcamos la más mínima inquietud.

Después de unas cuanta horas de moto, llegamos a Örnsköldsvik, localidad situada a orillas del Báltico, más concretamente el en Golfo de Botnia, hacia la mitad de Suecia. Se trata de una ciudad nueva, con apenas 125 años de historia, basada en la industria y en su pequeño puerto comercial. Pero esta pequeña ciudad, moderna, limpia, ordenada, nos sorprende con su ambientazo callejero.

Cuando llegamos al hotel nos enteramos de que acaba de terminar un concierto de una banda sueca de pop. Un montón de gente va llegando a la zona del hotel, donde hay algunos pubs y terracitas. Limusinas llegan al hotel con la estrellas adolescentes. Hay bastante jaleo.

Huimos de la zona y acabamos cenando en un italiano muy romántico, de ese romanticismo decadente tan italiano. Cuando todo se tranquiliza volvemos al hotel. Desde la habitación hay unas fantásticas vistas de la bahía, de la zona deportiva del puerto, y de una magnifica luna llena en una noche que no llega a oscurecer del todo. Estamos ya muy al norte y tenemos nuestra primera noche sin oscuridad. Toda una experiencia.

 

Día 11º: Estocolmo (6 de julio)

74ac708f-9493-4735-9e62-cc1b06da4fc7Salimos a patear la ciudad de buena mañana. Nos dirigimos en primer lugar a la isla de Södermalm, donde visitamos la Iglesia de Santa Sofía. Se trata de un edificio muy bonito, y sin embargo nada turístico, seguramente por estar ubicado fuera de las rutas habituales, en uno de los pocos sitios altos de la ciudad. Al estar casi vacía, se puede disfrutar de un lugar típico de la ciudad. Sorprende la gente tomando el sol en traje de baño entre los jardines de la iglesia y la residencia de los religiosos.

En la misma isla vamos a continuación a la iglesia de Santa Katarina. Desgraciadamente está en obras y no podemos ver ni la fachada. Los que si nos llama la atención es que el jardín que rodea la iglesia es un cementerio, y lugar predilecto de los suecos para tomar el lunch entre las tumbas.

La pequeña isla de Gamla Stan, es el centro antiguo, y turístico, de Estocolmo. No vamos a citar todo lo que aquí hay, pues lo suyo es patear la isla. Solo mencionar el Palacio Real sueco, donde vimos un cambio de guardia muy peculiar, nada vistoso, no muy marcial, que da una idea de la forma de ser de los suecos. El Riksdag, Parlamento sueco. Y, como no, el Ayuntamiento, enla vecna isla de  isla Kungsholmen, donde se hace la ceremonia de entrega de los premios Nobel.

Como hace un día impresionante, con 22 grados y un precioso sol, tomamos un crucero por las islas. Son casi tres horas muy interesantes, pues visitas zonas que no tenías previsto, y te van contando cosas de Estocolomo, tanto históricas como culturales. Merece la pena.

Para cerrar el día, nos subimos al ascensor exterior que te lleva a la cúspide del Ericsson globe, quepresume de ser el mayor edifico esférico más grnde del mundo. La vista de la ciudad desde casi 100 metros de altura justifica venir hasta aquí.

La anécdota del día es mi segundo accidente vergonzante. Después de miles de km en moto, tengo que tropezarme en las escaleras del metro de Estocolomo y caer rodando. Mi ya maltrecho ego sufre otro desgarrón. Afortunadamente sin más consecuencias.

Muy contentos por el gran día pasado en la capital sueca, al que ha acompañado un tiempo espléndido, nos vamos al hotel a descansar, que mañana toca ruta.

10º día: de Copenhague a Estocolmo (5 de julio)

Al poco de dejar Copenhague dirección a Malmö te encuentras con el Puente de Oresund, que une Dinamarca y Suecia. Al puente se llega tras cruzar un túnel de casi 4 km. El puente es sencillamente espectacular, en cada uno de sus casi 8 km de largo. En moto hay que tener algo de cuidado pues el viento sopla bastante fuerte de costado. Es impresionante cruzar el mar a esa altura, y en moto llegas a sentir una sensación muy parecida a volar.

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Sobre el punte de Oresund

Nada más “aterrizar” en Suecia, control de aduanas. No es demasiado riguroso, pero junto con el peaje del puente, supone un pequeño parón.

Luego empiezan las interminables carreteras suecas. En general están en buen estado y en su mayor parte son autovías. A cada lado, un muro impenetrable de bosque, roto de vez en cuando por algún lago de aguas limpísimas. A pesar de las continuas señales de precaución con los renos, no pudimos ver ni uno solo. Ya nos lo habían advertido otros motoviajeros, los veremos más al norte.

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Los terribles separadores

Lo que si vimos fueron los famosos tramos de tres carriles, en los que el tercer carril se va alternando para uno u oro sentido. La separación entre los sentidos se hace mediante unos postes metálicos que soportan tres cables de acero. Al principio no puedes quitarles la vista, y te vienen a la cabeza imágenes de guillotinas, y llegas a pensar que nuestros guardarraíles no están tan mal. Tal vez a los suecos no les caigamos bien los moteros.

Tras una jornada maratoniana, llegamos a Estocolmo bien entrada la tarde, yéndonos directamente a descansar. Mañana toca turismo.

9º día: Copenhague (4 de julio)

 

Copenhague nos ha parecido una ciudad elegante, limpia, ordenada. Su gente es amable por término general, y hace lo posible por entenderte y ayudarte. Llama la atención la amplitud de sus calles y avenidas, su luminosidad siendo una ciudad del Norte, y la animada vida en la calle.

Hemos visto muchas cosas, pateando 10 horas sin parar, pero destacaremos solo algunas.

Al inicio de nuestra ruta nos encontramos con el parque de atracciones que presume de ser el primero del mundo, el Tivoli. Desde luego tiene mucho sabor añejo, que han sabido mantener sin perjuicio de disponer de atracciones muy modernas.

Nyhavn es una zona portuaria que se ha llenado de bares, restaurantes y todo tipo de

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Nyhavn

locales. El ambiente en la zona es impresionante, y puedes encontrar una oferta variadísima. Por escapar un poco del bullicio nos metimos en un callejón donde encontramos un pequeño bistró, muy recoleto, donde además nos atendió un camarero español. Pasamos un rato muy confortable entre muebles antiguos y una gran cantidad de libros.

La zona de los palacios nos sorprendió por su sencillez. Está claro que los daneses no quieren gastar en gobiernos y jefatura de Estado más que lo imprescindible.

Después de recorrer tranquilamente el Castellet, que creíamos que era un recinto militar pero en realidad es un gran parque, llegamos al borde del mar, donde está la sirenita. Parece increíble la cantidad de turistas que puede atraer una estatua tan pequeña. Pero hay que reconocer que tiene un encanto especial. No puedes ir a Copenhague y no presentarle tus respetos a “den lille havfrue”.

Finalmente, el castillo de Rosenborg merece la pena ser visitado. Al margen del propio castillo y su museo, los jardines que lo rodean son un lugar estupendo donde descansar un rato.

Nos vamos de Copenhague con un buen sabor de boca,  y a por la siguiente.

 

8º día: de Hamburgo a Copenhague (3 de julio)

Debido al día de retraso, uno de los consejos de nuestro querido amigo Hans-Dieter, motero y rotario, nos hizo cambiar la etapa del día. Inicialmente pensábamos en ir hasta Copenhague por los puentes que unen cada isla danesa, pero Hans insistió en que teníamos que ver su querida Lübeck, y luego coger el ferry en Puttgarden. Seguimos su consejo, afortunadamente.

A la salida de Hamburgo, lo que esperábamos, más atascos por obras.

Tras poco más de una hora de moto, la llegada a Lübeck es sencillamente alucinante. Encontrarte a bocajarro con la Puerta de Holsten, y detrás de ella la panorámica de la ciudad antigua, es algo único.e6dba823-7186-4fcd-8f93-728708f1bb02

Lübeck fue la capital de la Liga Hanseatica, y mantuvo su estatus de ciudad estado prácticamente desde la Edad Media hasta que Hitler, que odiaba la ciudad, acabo con el privilegio.

La gente de Lübeck es de lo más agradable y simpática. Nada más llegar, el vigilante del parking en el que metimos la moto ns regaló unas guías, y se hizo cago de nuestros cascos y otros chismes, con lo que pudimos hacer la visita turística sin ir cagando con b496c1ad-d43e-4bd6-a672-7e433b93770ctodos los trastos. A la vuelta no nos quiso cobrar la estancia, por ser moteros.

La imagen que un viajero se lleva de una ciudad depende en gran medida de su gente, de los servicios que te prestan, de la forma en la que eres tratado. Lübeck te acoge, y se alegra de recibirte.

Comimos unos ricos pescados del báltico, preparados con unos sabores sorprendentes para alguien acostumbrado a la cocina mediterránea. Un enorme lenguado, de más de medio kilo, frito en mantequilla y aderezado con bacon (sic) y salsa de cominos, y otros pescados con nombres impronunciables que no pudimos identificar, pero en todo caso muy sabrosos, con un rebozado muy crujiente y abundante perejil. Merece la pena probarlos, sobre todo en la Cofradía (Schiffergesellschaft), un sitio realmente peculiar, y un trato inmejorable.

Después de comer fuimos a Puttgarden para coger el ferry a Dinamarca. Allí hicimos DSC00389amistad con una pareja de moteros suecos, que a lomos de una RT de más de doce años venían de vuelta de Escocia. Lo que demuestra que la RT es la reina de las rutas por carretera.

En el ferry, nuestro nuevos amigos nos enseñaron a fijar la moto con las eslingas, pues en estas líneas cortas, o lo haces tu mismo o la moto irá al suelo al primer balance del barco.

Desembarco en Rodbyhavn, Dinamarca, donde pasamos el control de fronteras bajo una cortina de agua digna de cualquier película de espías. Después, a lo largo de la ruta hacia København (Copenhague) fue escampando y pudimos descubrir unos paisajes de increíble belleza, saltando de isla en isla por modernos puentes y, sorpresa, sin apenas tráfico.

Llegamos a Copenhague tan cansados, que una vez probados los genuinos edredones nórdicos nos quedamos en el hotel. Por no salir de la habitación, hemos cenado una caja de bombones que traíamos desde Bélgica, y que no encontrábamos el momento de acabar con ella. Menudo empacho.

Mañana será otro día, y patearemos la capital danesa.

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7º día: Hamburgo (2 de julio)

Séptimo día de viaje y domingo. No harían falta más razones para tomárselo de descanso. Pero las hubo. El cáncer tiene sus momentos, y se ve que después de seis días de intensas experiencias, decidió tomarse la revancha. En fin, que tocó hacer parada técnica, así que nos quedamos un día mas en Hamburgo, que en principio no estaba previsto.

Con mucha calma, y tras sacarnos los correspondientes abonos de un día (desde las 9 am, especiales para turistas, son más baratos), nos fuimos a la zona del puerto antiguo, donde pudimos apreciar una mezcla de estilos arquitectónicos de gran belleza.

Después nos encaminamos a la orilla del Elba, donde embarcamos para hacer un crucerito. Aquí hay un truco interesante. Los paseos en barco tiene su precio, y en definitiva te dan una vuelta por el río y te cuentan cosas en alemán. Nosotros cogimos el ferry 62, que al ser del consorcio de trasportes va incluido en el abono. Es la misma dd025cdb-7a73-4025-be38-a2c87f365ee3vuelta pero nadie te cuenta cosas raras, puedes repetir todo lo que quieras, o andar subiendo y bajando en las diferentes paradas del bus acuático. Tuvimos suerte con el tiempo y el paseo náutico fue muy agradable. Las vistas de la ciudad desde el agua dan una perspectiva diferente.DSC00347

Comimos en la zona de la lonja, donde todos los restaurantes son de pescado, excepto uno que sirve comida típica alemana. Muchos problemas -y muchas risas-, para entendernos con el dueño que solo hablaba alemán, por cierto un tío muy majo, pero conseguimos zamparnos una ensalada de patata y varios tipos de salchichas que estaban para ponerles un piso.

Después, a dormir la siesta al hotel, aunque el cansancio nos hizo quedarnos durmiendo hasta el día siguiente. Tanto descanso nos permitiría continuar con el viaje y hacer muchos kilómetros en la moto.